SONIA CUNLIFFE

2018
EL GUERRILLERO HEROÍCO

INTERVENCIÓN DE ARCHIVO
INSTALACIÓN

CURADURÍA JORGE FERNÁNDEZ

BASADO EN LA NOVELA “LOS NUEVO JUGUETES DE LA GUERRA FRÍA”
DE JUAN MANUEL ROBLES

Zona Sur, años ochenta

En la parte trasera de la Embajada de Cuba en La Paz, que entonces quedaba a pocos pasos de la Plaza Humboldt, existió entre 1984 y 1988 una pequeña escuela destinada a la educación de los hijos de los diplomáticos cubanos. La escuelita se llamaba El guerrillero heroico, aunque nadie lo sabía porque nunca hubo ningún anuncio exterior. La maestra —una sola para todas las materias— era la esposa de Salvador, uno de los diplomáticos, y consiguió que enviaran material escolar original de la isla. Los niños, todos de primaria, iban con uniforme de pioneros. Pantalón o falda roja, camisa o blusa blanca, boina roja. Yo no era cubano, pero mi familia había llegado poco tiempo atrás desde Lima. Mi padre, periodista de Prensa Latina, usó sus contactos en la embajada para que mi hermana y yo entráramos en la escuelita. Yo era el menor. Me dieron una pañoleta azul.

Un día, fuimos al lago Titicaca para dejarle flores a Camilo Cienfuegos. La maestra me había dicho que en La Habana los pioneros tenían la costumbre de homenajear a Camilo, que había desaparecido cuando su avión se cayó al mar poco después del triunfo de la Revolución. Todos los años, los pioneros se iban al malecón y le echaban flores. Y como Bolivia no tenía mar, a ella se le ocurrió que debíamos ir al lago. Fue súbito, como algunas de sus decisiones. Un día, decidió que no iba a haber clases y partimos todos. Nos acomodamos en la camioneta de Salvador. La maestra iba en el asiento del copiloto; mi hermana Rebeca y yo, en el asiento de atrás; el hijo del embajador, Aníbal, y los hijos del cónsul en la maletera, junto a una bolsa de papel con unas rosas blancas que habían comprado para la ocasión. El viaje duró dos horas, hasta que llegamos a un claro donde la distancia entre la orilla y la carretera se hacía corta. Allí nos bajamos. Lanzamos las rosas. Las flores blancas se transparentaban en el agua del lago.

Misael me había dicho que, debajo del mar, Camilo Cienfuegos tuvo tiempo de caminar hacia la puerta del avión. Pero se trabó el pestillo y no pudo salir y se ahogó, y así lo imaginé por muchos años, con el sombrero flotando a su lado y con la barba oscilante, como vegetación marina.

Cuando retornamos del lago, en la camioneta, oí a la maestra sugerirle a Salvador una idea: construir un yate, un yate de verdad, pequeño, para traerlo al lago y navegarlo en el Titicaca. Una versión pequeña del Granma, concebida para que entráramos los pioneros de El Guerrillero Heroico. «El nuevo custodio conoce de carpintería y he sabido que tiene alguna experiencia con lanchas, sería cosa de preguntarle.», dijo.

El custodio, en efecto, sabía de carpintería. Era un hombre fornido que había sido escenógrafo antes de convertirse en un soldado en la guerra de Angola. Se puso a trabajar en lado de la escuela. En unas semanas terminó de construir una versión pequeña del Granma. La maestra nos dio los roles para una actuación que conmemoraba la llegada de la embarcación a Cuba.

El día de la actuación, nos pusimos el vestuario. La maestra nos pegó las barbas postizas, que olían a tinta, y acomodó nuestros brazaletes del 26-7. Fuimos al lago en la camioneta de Salvador. Tal como estaba previsto, se encargaron de llevar el yate por la noche. Habían encontrado un embarcadero de madera en desuso y allí habían puesto varias sillas y la bandera cubana. Cuando llegamos, mis padres ya estaban sentados allí, junto con el embajador y el cónsul. Salvador y la maestra se les unieron. El día era precioso. El lago estaba azul, el cielo tenía pocas nubes y el yate lucía bellísimo.

Juan Manuel Robles